Impacto del terremoto en la infancia venezolana: trauma y crisis alimentaria
El doble terremoto ocurrido en Venezuela ha impactado severamente a la primera infancia, generando traumas emocionales y agravando la inseguridad alimentaria en un contexto de crisis humanitaria.
Puntos clave:
- Contexto: Redactado por Redacción Orbynex y validado por la mesa editorial.
- Hecho central:El doble terremoto ocurrido en Venezuela ha impactado severamente a la primera infancia, generando traumas emocionales y agravando la inseguridad alimentaria en un contexto de crisis humanitaria.

El doble sismo registrado el pasado 24 de junio en Venezuela ha dejado una huella profunda en la primera infancia del país, exacerbando una crisis humanitaria preexistente que afecta gravemente la estabilidad emocional y nutricional de miles de menores. Niños y niñas, especialmente aquellos en el rango de cero a cinco años, enfrentan ahora las consecuencias de haber perdido sus hogares, viviendo en refugios temporales donde la incertidumbre se ha convertido en su nueva cotidianidad.
Desde el punto de vista psicológico, los especialistas advierten que los menores están procesando el trauma a través de sus cuerpos y comportamientos. Muchos infantes manifiestan cuadros de ansiedad ante estímulos cotidianos como truenos, aviones o ruidos fuertes, asociándolos directamente con el estruendo del terremoto. Expertos en desarrollo infantil señalan que, aunque los niños pequeños carecen de herramientas lógicas para explicar estos eventos, absorben la tensión del entorno, lo que se traduce en conductas de irritabilidad, descontrol emocional o parálisis. Esta respuesta, si no es atendida adecuadamente, podría generar secuelas a largo plazo en su desarrollo psíquico.
La situación se complica debido a la fragilidad de los cuidadores, quienes también atraviesan sus propios procesos de duelo y estrés tras la pérdida de sus viviendas. Existe una percepción errónea de que los niños más pequeños no comprenden la magnitud de la tragedia; sin embargo, trabajadores sociales enfatizan que los infantes perciben la tensión de sus padres y el cambio drástico en sus rutinas. La contención emocional se vuelve un desafío, ya que los adultos, inmersos en la precariedad de los campamentos, luchan por ofrecer un ambiente estable mientras intentan descifrar las necesidades de sus hijos.
En el ámbito alimentario, la emergencia ha profundizado la vulnerabilidad de los menores. La interrupción de las rutinas de alimentación, sumada a la falta de insumos específicos como fórmulas lácteas o alimentos adaptados, ha obligado a las familias a depender de ollas comunes que priorizan la disponibilidad sobre la nutrición infantil. Este escenario es crítico, considerando que, desde antes de los sismos, la desnutrición en menores de cinco años ya superaba niveles de alerta sanitaria en gran parte del país. La falta de una dieta adecuada durante los primeros mil días de vida representa un riesgo inminente de retrasos cognitivos y físicos.
Finalmente, la respuesta institucional ante esta emergencia se percibe insuficiente. Organizaciones de protección social reportan una disminución drástica en la capacidad operativa del Estado, con presupuestos limitados y una precaria logística para atender a las familias damnificadas. Ante este panorama, el futuro de estos niños permanece marcado por la incertidumbre, mientras intentan adaptarse a un entorno de refugios que, lejos de ofrecer una solución definitiva, prolonga la exposición a condiciones que amenazan su desarrollo integral.