Los terremotos que sacudieron Venezuela el pasado 24 de junio dejaron una huella profunda en la población, pero un grupo específico enfrenta una crisis particular que persiste mucho después de los sismos. Una reciente investigación ha identificado a 760 niños y adolescentes dentro del espectro autista que han sido severamente afectados por estos eventos naturales. Esta cifra, aunque significativa, es considerada una representación incompleta de la realidad, dado que la falta de datos oficiales sobre las víctimas dificulta tener un panorama total de la emergencia.

Para las personas dentro del espectro autista, la destrucción de la infraestructura física va mucho más allá de la pérdida material. Los especialistas en integración sensorial señalan que estos niños dependen en gran medida de la consistencia, la previsibilidad y las rutinas establecidas para navegar su entorno. El colapso de viviendas, escuelas y centros de terapia especializados ha fracturado esta estructura cotidiana, provocando cambios conductuales, alteraciones en el sueño y angustia emocional, ya que los puntos de referencia que brindaban estabilidad han desaparecido o se han vuelto inaccesibles.

El impacto es especialmente visible en regiones como La Guaira, donde se concentra casi la mitad de los casos documentados. La destrucción de instalaciones educativas y centros de atención, como el Centro de Atención Integral para Personas con Autismo (Caipa), ha dejado a numerosas familias sin sus redes de apoyo fundamentales. Los padres enfrentan ahora el complejo desafío de buscar alternativas de cuidado, mientras lidian con el miedo de enviar a sus hijos a espacios temporales, dañados o desconocidos, lo que complica aún más el proceso de recuperación.

El costo humano de esta tragedia se refleja en historias de pérdida y retroceso en el desarrollo. Algunas familias han perdido a varios integrantes, lo que obliga a los sobrevivientes a gestionar el duelo mientras asumen responsabilidades de cuidado sin las redes de apoyo previas. En otros casos, el trauma ha provocado que los niños pierdan hitos del desarrollo alcanzados con esfuerzo. Se han documentado casos de menores que han dejado de hablar tras el sismo, así como dificultades para mantener dietas especiales o continuar terapias, debido a que los profesionales que las brindaban ya no están disponibles.

El desplazamiento forzado ha añadido otra capa de dificultad a una situación ya frágil. Muchas familias han tenido que refugiarse en carpas o casas de familiares, donde el ruido, el calor y la falta de privacidad exacerban los desafíos sensoriales de los niños autistas. A pesar del paso del tiempo, la emergencia continúa activa para estos hogares, que luchan por recuperar la estabilidad perdida.

Esta investigación, que consolidó datos mediante reportes de campo y censos de organizaciones, subraya la necesidad urgente de medidas de protección y atención específicas para esta población vulnerable. Al existir aún una gran cantidad de casos con información incompleta sobre sus necesidades de apoyo, estas cifras buscan visibilizar una afectación diferenciada que requiere atención prioritaria en los planes de reconstrucción.