Tras el terremoto que sacudió Venezuela el pasado 24 de junio, un grupo de rescatistas de Mérida, incluyendo a Jordy González y Víctor Dávila del grupo Domingo Peña, se enfrentó a jornadas intensas de búsqueda entre los escombros de La Guaira. La experiencia, marcada por la devastación y la angustia de las familias que esperaban respuestas, dejó una huella profunda en estos voluntarios. Semanas después, cuando un nuevo sismo golpeó a Colombia, el espíritu solidario de estos rescatistas los impulsó a cruzar la frontera para ofrecer su apoyo en las labores de socorro en Pereira.

El equipo venezolano partió de Mérida el 11 de agosto, atravesando Cúcuta hasta llegar dos días después a la capital del departamento de Risaralda. Al llegar, se encontraron con un escenario familiar: edificios colapsados y familias a la espera de noticias sobre sus seres queridos. Sin embargo, la gestión de la emergencia en el país vecino presentó contrastes significativos respecto a lo vivido en Venezuela. Mientras que en La Guaira los rescatistas operaron bajo condiciones precarias, sin recursos básicos y durmiendo en espacios improvisados, en Pereira hallaron un sistema de gestión de desastres organizado.

En Colombia, los rescatistas contaron con un campamento estructurado que incluía carpas, alimentación, baños y áreas designadas para el descanso. Víctor Dávila, con décadas de experiencia en el área, destacó que estas condiciones no eran detalles menores, sino elementos fundamentales para garantizar la seguridad y la eficacia de quienes trabajan en zonas de peligro. Esta infraestructura permitió que los equipos pudieran recuperar fuerzas, un aspecto que, según observaron, es vital para mantener la capacidad operativa durante una catástrofe de gran magnitud.

A pesar de su experiencia, los voluntarios venezolanos no comenzaron a trabajar de inmediato. Entendieron que, en una emergencia de esta escala, la coordinación es prioritaria. Debieron integrarse a una estructura de mando unificada que incluía a equipos locales e internacionales, como los grupos argentinos presentes en la zona. Este proceso de incorporación demostró que el rescate profesional no depende del heroísmo individual, sino de la capacidad de trabajar bajo protocolos establecidos, evaluando riesgos y siguiendo una cadena de mando clara para evitar mayores peligros.

Una vez autorizados, los rescatistas se sumergieron en las labores de búsqueda. El entorno, lleno de concreto fracturado y polvo, evocó recuerdos de La Guaira. Durante su intervención en Pereira, localizaron a dos personas: una sobreviviente y otra fallecida. Para los voluntarios, el hallazgo de la persona fallecida fue un momento de profunda reflexión, recordándoles que su labor no solo consiste en salvar vidas, sino también en brindar respuestas a las familias que esperan, una responsabilidad que asumieron con la misma seriedad que en su país natal.

Esta misión en Colombia funcionó como una escuela para los rescatistas, permitiéndoles revisar sus propias certezas sobre la gestión de desastres. La experiencia reafirmó la importancia de la organización y el bienestar del personal en el terreno. Para González y Dávila, el tiempo en Pereira no solo fue una oportunidad de ayuda humanitaria, sino una confirmación de que, sin importar las coordenadas, el rescate exige una combinación de técnica, coordinación y una profunda empatía por quienes esperan bajo las estructuras colapsadas.